Mesa Redonda: Derecho de autor y Ley del Artista Nacional

Palabras pronunciadas por Ignacio Martínez en el III Encuentro nacional de Escritores y Escritoras realizado el viernes 9 de octubre 2014

Buenos días para todas y todos. Hemos sido convocados para exponer en unos 15 minutos nuestros puntos de vista sobre el Derecho del Autor y sobre la Ley del Artista. Lo intentaré.
El Derecho de Autor es un tema que preocupa y ocupa a grandes sectores de la humanidad. Ya desde hace siglos, en tiempos del mecenazgo, que también era una suerte de derecho de autor, los artistas y sus mecenas se ocupaban de este derecho…
¿Derecho? Sí.
Derecho de percibir un reconocimiento de autoría por la obra producida.
Derecho de proteger esa misma obra en todos sus aspectos de realización, su origen, el tiempo y el lugar donde fue realizada, con toda la verdad sobre su progenitor.
Derecho a percibir, como cualquier trabajador, su salario, como en los tiempos de la antigua Roma, de donde viene el término “salarium”; el pago en sal para preservar la comida que alimentará al creador, para poder vivir y seguir creando. En fin…
Escribió Rodó:
“… Rota y aventada la máscara de cal, se descubrió, en lugar del nombre del príncipe, (como recordarán, Tolomeo) el de Sóstrato, en gruesos caracteres, abiertos con aquel encarnizamiento que el deseo pone en la realización de lo prohibido. Y la inscripción vindicadora duró cuanto el mismo monumento; firme como la justicia y la verdad…” (de El Faro de Alejandría, de José Enrique Rodó, escrito a principios del Siglo XX, en referencia a la famosa construcción realizada en el siglo III antes de Cristo) ¡Si tendrá tiempo el derecho de autor en todas sus acepciones!
Los creadores artísticos somos, o mejor dicho, debemos ser concebidos como trabajadores independientes al servicio de la educación y la cultura de nuestro pueblo, como cualquier otro trabajador en relación de dependencia o no, que también está al servicio del bienestar de nuestro pueblo en todas las facetas de la vida humana. Ni más ni menos; todos dignos en sus respectivos oficios.
En tal sentido, así como existen normas que rigen el salario de los trabajadores, debería existir una ley que respaldara los porcentajes para la creación artística, acordados, por qué no, hasta en Consejos de Salario.
En el mundo de las letras hay editoriales que remuneran mensualmente, otras que lo hacen cada 6 meses, muchas que dicen en sus contratos que se abonará según la cantidad de libros vendidos ¡y cobrados! Y esto último, si lo cobran o no, no debería concernir al autor, pero, en fin…
La defensa del Derecho de Autor debe ser colectiva. En ese sentido es fundamental tener asociaciones y alentarlas en su conformación y fortalecimiento.
Cuando hablamos de Derecho, no nos referimos exclusivamente a las partidas de dinero, sino a la cobertura social universal, a su respaldo asistencial, a la procura de su jubilación (¡No de su pasividad y mucho menos de su retiro!)
Y todo esto del Derecho de Autor, amigas y amigos, no está, no debe estar en contradicción con el acceso universal a la cultura.
Nosotros saludamos, por ejemplo el concepto de Dominio Público y el hecho, por ejemplo, de que los dineros recibidos por él se destinen a COFONTE y a FONAM. ¡Ojalá pudiéramos tener partidas de este tipo para destinarlos a ediciones de libros!
Sin embargo creemos que el acceso universal a la cultura debe empezar por un concepto esencial: así como la salud, por ejemplo, no debe serlo, la cultura tampoco debe ser considerada una mercancía, un objeto determinado por el mercado. Así como todos los que trabajan en la salud deben recibir su justa remuneración, quienes trabajamos en la cultura también la debemos percibir. Y ambos derechos, salud y cultura, deben ser de acceso universal y sin restricciones.
El Mismo Ministerio de Educación y Cultura nos amplía con absoluta claridad. Dice: “Existe una gran vinculación entre el derecho de autor y los Derechos Humanos, ya que las creaciones son producto del intelecto humano…”
Más adelante, este mismo Ministerio nos dice: “La educación y la cultura y el derecho de autor se encuentran en una estrecha vinculación. El equilibrio armónico entre unos y otros debe ser garantizado.”
Entonces con respecto al acceso universal a la cultura comencemos por avanzar y alentar políticas claras de inversión. Busquemos acotar al máximo la especulación y la comercialización que hacen al enriquecimiento de los intermediarios y muchas veces también a la fama y el despilfarro de la mediocridad vendible, comercializable y, sobre todo, capaz de fomentar políticas culturales que idiotizan. Parafraseando a Federico, luchamos por una cultura que nos dé alas y no pezuñas.
En esa preocupación legítima del derecho al acceso universal a la cultura, no hay, no debe haber contradicción con el legítimo derecho de autor.
La ley 17.616 ¡de diciembre de 1937! es clarísima: “El derecho de propiedad intelectual sobre las obras protegidas en esta ley comprende la facultad exclusiva del autor de enajenar, reproducir, distribuir, publicar, traducir, adaptar, transformar, comunicar o poner a disposición del público las mismas, en cualquier forma o procedimiento.”
¿Hay que avanzar y mejorar? Sí. ¿Hay que hacer excepciones precisas? Sí. Debemos pensar en promover las obras para las personas ciegas o de baja visión. Debemos avanzar en el acceso de los niños y todo el sistema educativo formal e informal a bienes culturales. Debemos pensar en cómo reeditar trabajos agotados o de los cuales hay sólo un ejemplar. Debemos seguir estudiando todo el asunto de la digitalización y en ese sentido hago especial hincapié en la experiencia formidable de la Biblioteca Ceibalita que adquirió los PDF de libros de autores nacionales en condiciones excepcionales, muy beneficiosas para los autores, para las editoriales y fundamentalmente para cientos de miles de niños, niñas y adolescentes.
De todas maneras hago un llamado de alerta. La globalización muchas veces es el término moderno de otros más terribles como el de dominación o enajenación. La globalización de la información, pero controlada desde centros de poder, está teñida de intereses muchas veces contrarios a los de los pueblos.
Admiro los avances tecnológicos. Creo que son parte de una revolución a escala planetaria. Pero cuidado. También fue maravillosa la teoría de la redondez de la tierra y los avances de la navegar hacia occidente, y aquella revolución del conocimiento, iniciada un 12 de octubre, todos sabemos hacia dónde derivó.
La máquina que sustituye, digamos, a 10 obreros, no debe concebirse para que haya 10 desocupados, sino 10 personas con más tiempo para el ocio productivo, el esparcimiento y el crecimiento de su espiritualidad.
En resumen.
Derecho de Autor versus acceso Universal a la Cultura es una peligrosa y mentirosa contradicción.
El autor de bienes culturales es un trabajador de la cultura como cualquier otro trabajador, y como tal debe ser concebido y amparado socialmente.
Debemos avanzar en ámbitos colectivos para profundizar estos temas como ya lo hemos hecho auspiciando la intergremial de las artes.
Hay que fortalecer el Consejo de Derechos de Autor.
Hay que abordar los alcances y los límites de los Creative Commons, a los cuales, ya desde el principio, yo preferiría llamarles Bienes Comunes Creativos.
También debemos analizar la relación con el copyright ¡del que hemos estado hablando hacer rato como derecho de autor! ¡Oh bendito idioma castellano!
En todo esto tendremos que avanzar.
Uno de los avances que precisamente tenemos que producir en el próximo período inmediato, es lo relacionado con la Ley del Artista 18.384.
Como todos sabrán, entró al Parlamento en el año 2007, se promulgó en el 2008 y está reglamentada desde el 2010.
Un primer concepto es que la ley abarca artistas en movimiento, es decir aquellos que trabajan en un escenario, básicamente artistas de la danza, del teatro y la música, más oficios conexos de carácter abierto para nuevas incorporaciones que se vayan registrando.
Otro concepto es el de garantizar la previsión social en base a las contrapartidas que el artista declare y demuestre, como cualquier trabajador.
Esas contrapartidas, en términos generales, tienen como aspecto central la puesta en público de dicho trabajo y, por ende, el aporte del trabajador se hará cuando éste cobre.
El arduo tema de los ensayos, si no estoy desinformado, en el caso de los artistas comprendidos en la ley, ha sido reglamentado a través de un decreto que regula el artículo 11, válido para 1800 artista aproximadamente, de los cuales un 20% anda entre los 20 y 30 años, un 55% entre 31 y 60 años, y un 26% supera los 60 años. Ese decreto reglamentario reconoce los ensayos como parte del trabajo y por ende, como parte de lo que el BPS debe amparar en relación a los beneficios para el trabajador de la cultura.
Ahora bien, ¿qué áreas debemos profundizar?, ¿qué cosas debemos mejorar?
En primerísimo lugar, debemos avanzar significativamente en la incorporación de otros artistas: escritores, plásticos, artesanos, pero ¡cuidado!, ¡que nos auxilia la sensatez, queridos amigos y amigas, y pongámonos a trabajar también nosotros!
No podemos esperar que el Estado nos resuelva cómo integrarnos. No podemos esperar que desde la Dirección Nacional de Cultura nos hagan una propuesta de cómo debemos evaluar el tiempo de trabajo para elaborar un haiku o escribir una novela de 500 páginas; cómo medimos el tiempo para hacer un óleo, con un punto rojo, sobre una tela blanca, o cuánto tiempo invertimos en una xilografía hecha en un taco de un metro cuadrado, utilizando diez gubias.
También debemos avanzar en reglamentaciones que se aproximen al concepto de ensayo, pero ya no como en el teatro, sino en relación directa a los ensayos de otras artes que, singularmente hablando, no son lo mismo en la danza o en la música o en otra actividad artística.
Tal vez, incluso, podríamos avanzar en la fijación de tiempo ficto o en una cifra mínima ficta para aportar al fondo de retiro. Podríamos avanzar en la conformación de cooperativas gestoras de los cobros o, eventualmente, también las unipersonales que así lo faciliten.
Y todo esto desde el trabajo colectivo que significan los gremios como AGADU, la Casa de los Escritores, SUA, FUDEM y otros ya conformados y los que habrá que formar, juntos con la sociedad civil organizada.
La Comisión Certificadora debería tender a simplificar los trámites y las exigencias para integrar el Registro del Artista que funciona en el Ministerio de Trabajo y Seguridad Social, procurando abarcar a la mayor cantidad posible de trabajadores que les permita el acceso a la seguridad social, a las asignaciones familiares, a la cobertura asistencial propia y de sus hijos.
Deberíamos incrementar la difusión de toda esta información acerca de los procedimientos y requisitos para la inscripción en todo el país, permitiendo el acceso a ella aún en los rincones más lejanos de Uruguay.
Hoy hemos constatado que aún en el mismo BPS falta información y preparación para los funcionarios para que informen correctamente, conozcan al dedillo esta ley y sepan asesorar a todo aquel que se acerca, particularmente para quienes ya está corriendo el régimen jubilatorio.
Finalmente, tanto para los temas relacionados con el Derecho de Autor, como para la Ley del Artista, no podemos pedirle a la Convención de Berna de 1889 que nos resuelva las cosas. Ni siquiera debemos pedirle al Director del BPS o al Ministro de Trabajo o al Ministro de Educación y Cultura, que nos resuelva todo lo que tenemos aún por resolver.
Hago un llamamiento desde este ateneo a tomar las riendas del asunto, reunirnos, analizar, poner sobre la mesa los pro y los contra, lo que falta por hacer y lo que hay que corregir, para hacer propuestas concretas sobre cada uno de los dos temas que nos han convocado hoy. Debemos hacerlo con honestidad intelectual, asumiendo lo que podemos, lo que sabemos, lo que debemos hacer y lo que no; con la decisión de protagonizar nuestras propias vidas como trabajadores de la cultura y los derechos y obligaciones que nos asisten.
Así lo hemos entendido hace más de 5 años, cuando fallecía nuestro querido Benedetti y fundábamos el Departamento de Cultura de los trabajadores en el marco de nuestro PIT-CNT. Para nosotros la mejor forma de homenajearlo era de esa manera.
Para nosotros, la mejor forma de construir un país realmente progresista, popular, democrático y participativo, es haciendo eventos como este, abocándonos a trabajar con seriedad, humildad, fraternidad y conocimiento, sin perder nunca la creatividad y el espíritu colectivo, como lo hicimos el pasado 20 de setiembre, en el sindicato de FUNSA, hoy transformado en Centro Cultural Latinoamericano, con la valiosa presencia de decenas de hombres y mujeres, y la igualmente valiosa presencia y el aporte del Ministro Ehrlich, el director Achugar y el Rector Markarián con quienes analizamos muchos de estos temas relacionados con la cultura.
A todos los que han tenido la paciencia de escucharme, muchas gracias.

Palabras pronunciadas por Ignacio Martínez en la XXIII Feria Internacional del Libro de Cuba

Sociedad Cultural José Martí, La Habana

18 de febrero de 2014

Tema del Panel: ¿Por qué escribimos para niños?

Integrantes: Ignacio Martínez (Uruguay), Hugo Mitoire (Argentina), Enrique Pérez Díaz (Cuba) y Armando José Sequera (Venezuela).

Estimados amigos y amigas que han venido generosamente hasta aquí para oír nuestras palabras. Queridos participantes de este panel que me honra. Quiero agradecer a todos ustedes por estar acá. También quiero agradecer a la Feria Internacional de Libro, a mi amigo escritor Enrique Pérez Díaz, Director de la Editorial Gente Nueva de Cuba, a mi amigo escritor Julio Llanes, fundador de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba en Sancti Spíritus, por la invitación que me cursaron. También quiero agradecer a la Asociación General de Autores del Uruguay, AGADU, por ayudarme a hacer posible mi concurrencia aquí. Es un honor para mí estar en esta casa. José Martí tiene mucho que ver conmigo y mi país. En 1889 él escribía crónicas quincenales para un periódico uruguayo, pero ya desde dos años antes, desde abril de 1887, ejercía como Cónsul de la República Oriental del Uruguay en Nueva York ¡Qué inmensa representación tuvo mi pequeño país, entonces! Pero además su nombre estuvo siempre presente en mis primeros años de vida, en mi formación, cuando se lo nombraba y estudiaba y evocaba y recitaba en el seno de mi familia y de mi escuela. Así que me siento muy emocionado de poder decir un puñado de palabras en esta Sociedad Cultural que lleva el nombre José Martí.

Se nos ha convocado a este panel para responder a la pregunta: ¿por qué escribimos para niños? La verdad, es que yo lo hago, entre otras cosas, porque a veces pienso que ya escribir para adultos es una pérdida de tiempo. Vivimos en un mundo expuesto a tormentos de todo tipo, generados por los adultos que detentan el poder a escala planetaria. Es el mundo adulto el que ha creado un sistema, una forma de vida y de relaciones donde reina la ilusión del consumismo superfluo como sinónimo de felicidad. La humanidad hoy consume y consume hasta consumirse, condenada a sucumbir en medio de lo banal y lo innecesario.

Millones de seres humanos malgastan su valiosísimo tiempo para ganar dinero que les permita comprar lo que después ni tiempo tienen para usar, porque deben usar ese tiempo para generar dinero para pagar lo que compran. Parece que los adultos estamos condenados a vaciar nuestra espiritualidad para llenarla de modernos espejitos de colores que se presentan como la consagración más alta de la vida humana. Tener el último teléfono o el mejor televisor nos da la grandeza. Parece que poseerlos nos hace mejores. Para satisfacer ese consumismo que nos han creado, las grandes empresas producen millones de toneladas de cosas que no necesitamos. Otras producen millones de toneladas de armas y municiones para defender a las empresas que producen esas cosas innecesarias y se hacen las guerras para dominar el mundo y ganar más mercados. Unas y otras, a su vez, utilizan millones de toneladas de productos que dañan la atmósfera, el agua, la tierra y, sobre todo, el alma de las personas. El asunto es enriquecerse con dinero, con propiedades, con poder. Es la cultura que pregona que las personas valen por lo que tienen y no por lo que hacen y lo que son.

No importan los costos aún si ese precio es la destrucción propia y del mundo. La humanidad parece haberse convertido en una bestia que se devora a sí misma por la guerra, por la contaminación, por la destrucción del planeta, por el individualismo, por el fundamentalismo, por el pensamiento único y la gula consumista, incapaz de oír y de oírse, de ver y mirarse. Ese mundo adulto contamina el alma de las personas ya desde niñitos, para que cuando sean grandes se dobleguen ante el poder del dinero, de la frivolidad, del consumo, de la violencia y de la estupidez, y se conviertan en mercados llamados libres, que suelen ser lo menos libre que tenemos y lo más sujeto y dependiente del poder que todo lo determina.

Lo terrible es que si ese es el único mundo referente que tienen nuestros niños, pues será ese el mundo al que accedan. Eso pasa para todos, sin distinción de clases. Los oprimidos del mundo muchas veces también quieren parecerse a quienes los oprimen y esa tal vez sea la peor forma de sojuzgamiento y opresión, sin comprender que estamos gobernados por un poder esencialmente violento, destructivo, cuya esencia es que la riqueza del mundo esté cada vez en menos manos y la pobreza, del bolsillo y del alma, engulla cada vez a más personas.

La única alternativa es la liberación y para mí, escribir para niños es compartir con ellos un territorio de libertad, seguramente imperfecto, limitado, chueco, pero de libertad.

Yo quiero vivir en otro mundo y por eso escribo y priorizo mi trabajo para los niños, las niñas y los jóvenes que están llamados a construirlo y ojalá ellos y ellas sean mejores que nosotros.

Mi literatura es, o intenta ser, un mundo de sueños, de esperanzas, de desenfrenada fantasía, de imposibles mágicos que, sin embargo, ya nomás al expresarse, comienzan a transitar el camino de las cosas posibles.

Escribo porque encuentro un momento de libertad donde me resisto en cada letra, en cada palabra, a que ese mundo de la destrucción ingrese en el mío y me impida crear, pensar y soñar.

Escribo para niños porque allí creo que podemos tener un acuerdo entre el escritor y esos pequeños grandes lectores para hacer un frente de resistencia a los valores terribles que este sistema actual, de convivencia desigual e hipócrita, nos quiere imponer. Los valores del individualismo, de la mentira, del aparentar ser, del querer ser igual al que nos oprime, de la superficialidad de espíritus, de la incapacidad de querer y que nos quieran, de soberbia y frivolidad.

Fíjense ustedes que estamos destruyendo la naturaleza porque, en realidad, nos ubicamos fuera de ella y no como parte de ella, pertenecientes a ella. ¡Hasta decimos que dios la creó! Pobre mi dios que lo pongo fuera de la maravillosa naturaleza. ¡Hasta nos posesionamos en el punto más alto del reino animal! Por favor. No entiendo reinos sin reyes. En el mundo animal y vegetal no existen reyes. Existen seres que se complementan y nosotros no podríamos existir si en el planeta no hubiera insectos, especialmente hormigas, por ejemplo. Así que basta de vanidades y arrogancias.

Esta casa esférica y azul que anda casi a la deriva por el cosmos, parece condenada a sufrir a causa de la negligencia suicida de una de las especies que la habitan: nosotros.

Me siento en deuda con los niños, las niñas y los jóvenes. Los trajimos sin permiso. No es este el mundo que quiero para ellos. Quiero que ellos sean capaces de construir uno mejor. No hablo más del futuro. Hablo de aquí y ahora. Pienso cincuenta años para atrás, cuando yo era un niño, cuando me decían que yo era el futuro y yo soñaba con él y, la verdad, no es hoy este futuro que yo soñé ayer. Ojalá que nuestros niños digan mañana que ese sí es el futuro que sueñan hoy.

Permítanme terminar estos breves argumentos con un poema que, paradójicamente, escribí y edité para adultos en un libro que se llama Encuentros en el siglo de los afectos, hace ya más de 10 años, y que se titula con la vida en estos tiempos:

felices por la alegría
dolidos por lo sufrido
por el mártir que admiramos
y también por el martirio
tratando de compensar
surcos llenos y vacíos
labrando siempre labrando
campos fértiles y abismos
mil oasis y desiertos
montañas y precipicios
lo único que deseo
hermano mi gran amigo
es que cuando tú me leas
leas más de lo que digo
y cuando te toque irte
te valga el haber venido
entonces allá en la muerte
tú y yo seremos lo mismo
tan sólo un poco de pasto
o en la parra dos racimos
un árbol o la semilla
del árbol que no ha nacido
en este libro un poeta
y un lector en este libro
dos pedazos de la obra
que los dos hemos escrito
no puede faltar ninguno
con las ausencias no hay libro
porque el escritor existe
en aquel que lo ha leído
el día que yo me vaya
no será ni parecido
al día que me trajeron
sin avisar y querido
entonces cuando me vaya
me valdrá el haber venido

Muchas gracias

Palabras pronunciadas por Ignacio Martínez en la Feria del Libro de Sancti Spíritus

Cuba, el 26 de febrero de 2014

Buenas tardes para todos. Quiero agradecer a mi amigo, el escritor Julio Llanes por su bondadosa invitación a estar aquí, en la Feria del Libro, en Sancti Spíritus, esta hermosísima ciudad que quiero mucho, que visito por segunda vez, ahora en este año tan particular de los 500 años de su fundación en 1514. También quiero agradecer a los amigos panelistas que me acompañan y honran, y a todos ustedes, espirituanos y espirituanas, por la santa paciencia de venir a oír nuestras palabras. Espero que resulte interesante lo que tengo para decir.

Se nos ha convocado para responder ¿Para quién escribimos?

Lo dije en La Habana hace unos días: escribo para niños y jóvenes porque a veces pienso que ya escribir para adultos es una pérdida de tiempo. Pero también debo reconocer que, en realidad, escribo para todo aquel que quiera leer lo que escribo porque al fin de cuentas la Literatura es una sola y no creo, sinceramente, en esa tajante división que a veces se hace de una Literatura para niños y otra para adultos. O aún peor cuando se divide de manera también muy determinante que tal libro es para tales edades y tal otro libro es para otras edades.

Yo escribo porque es mi momento de mayor libertad y aún si lo hiciera para mí sólo, yo ya sería un gran público. Pero también escribo para los demás, para mi entorno inmediato. Y si ese entorno fuera un puñado de personas, también sería un gran público. Por suerte hoy puedo pensar en un público mayor y eso hace que incorpore nuevos elementos a la hora de definir qué escribir, cómo escribir y quienes van a leer lo que yo escriba, aspectos que se suman a la decisión primera de escribir por la necesidad de hacerlo, por la necesidad de expresarme, de decir lo que creo, lo que siento y lo que pienso, de buscar puentes de comunicación, de sentir placer, pero también de moverme, conmoverme y removerme, aspectos que también siento que debo intentar provocar en el lector a quien le ofrezco un momento de plena libertad cuando lee, que es la libertad de crear y recrear a través de su imaginación ilimitada.

Escribir es despertar, sin salirme del mundo de la ensoñación y de la más desenfrenada creación que me es posible realizar. Leer también es una forma de despertar y de desperezarse de modorras intelectuales que muchas veces nos aprisionan la vida haciendo que esta transcurra solamente y no suceda, no sea un suceso permanente como creo que debe ser.

Lejos quiero estar de todo didactismo. Es más, ni siquiera creo que pueda enseñar nada. Pero si el lector descubre en mis palabras sus propios sonidos y ve en cada página una especie de espejo de agua en el cual, por momentos, se puede ver a sí mismo, entonces tal vez él mismo descubra que leer también es, como dije, un despertar.

¿Despertar hacia que o hacia dónde? Hacia el mundo que nos rodea, cualquiera sea su región y su tiempo en el que está y del que proviene, ese pasado riquísimo que pareciera cambiar a cada momento. Despertar hacia sí mismo, conociéndose más, experimentando tal vez intensidades en sus sentimientos que no había conocido hasta ahora. Despertar hacia el infinito mundo de la fantasía en el cual él mismo puede despertar la suya y echarse a fantasear sin tapujos, inventando imágenes y situaciones, aromas y colores, sonidos y texturas como se le venga en ganas, capaces de mejorar la vida y el mundo.

Hoy, en Uruguay, escribo para los niños y las niñas de mi país agobiados por la oferta del consumo como propuesta de modelo óptimo de vida. La televisión, ese formidable invento del siglo XX, ha estado siempre en las manos privadas de un puñado de representantes del peor mundo del consumo y la violencia, de la frivolidad y la estupidez, de la vulgaridad y la mediocridad intelectual. Hoy aún sigue en discusión una ley de medios de comunicación, donde uno de los principales puntos de conflicto es, precisamente, los contenidos de esos medios de comunicación ¿Qué deben transmitir? ¿Quién debe fijar esos contenidos? ¿Cuáles son los contenidos que educan para la formación de un ser humano crítico y autocrítico, creativo y reflexivo, solidario y cooperativo, y cuales aportan a la formación de un ser humano consumista y egoísta, obsecuente y conformista? Yo escribo en procura de aportar para la formación de esos niños y niñas del primer grupo, los autónomos y libres, los inquietos y preguntones, los que dudan y aprenden e inventan y sueñan despiertos que es la manera más linda de soñar. Estamos en la puja de dos mundos: el mundo de la destrucción, lleno de vacuidades, insensibilidades y egoísmos, contra el mundo de la construcción, de los contenidos que aportan al conocimiento y al crecimiento de las personas, el mundo de la sensibilidad y la solidaridad y el respeto y los afectos.

El arte, y en particular la Literatura, también es un territorio en disputa entre los que lo quieren volver una mera mercancía, los que le ponen precio a las pinturas o levantan un ídolo de la música y luego lo derrumban casi como al decir de mi amigo Galeano, “úselo y tírelo”; los que producen películas para idiotizar a las personas y nos llenan de mensajes y símbolos como una quimera que deslumbra, pero no ilumina; los que producen libros para las góndolas de los grandes supermercados por única vez y si vende es bueno, llenando espacios de inútiles autoayudas, de cómo hacerse rico en quince minutos y, por ejemplo, no editan poesía porque, según ellos, no da ganancia. A esas ideas y a esas prácticas le opongo, junto a muchos, el acto de crear por el placer de hacerlo y de compartir la creación y alentar a que otros creen.

Queremos que se construyan más bibliotecas, que se conformen más talleres de creación literaria, que se editen más libros para que alcancen la mayor difusión posible. Queremos que nuestros libros nos entretengan, nos atraigan, nos seduzcan, sí, pero también queremos que nos ayuden a pensar, a tener mejor relacionamiento con la naturaleza, con nuestros semejantes y con nosotros mismos, esos tres territorios que conforman la esencia de la cultura humana.

El relacionamiento con la naturaleza es saber, sentirnos y participar activamente como parte de ella entendiendo que todo lo que le sucede nos sucede a nosotros y todo daño que le hagamos es nuestra manera terrible de suicidarnos. Con nuestros semejantes en la interrelación social, con igualdad de derechos, de beneficios, de posibilidades, pero con el infinito respeto a la diversidad en todos los aspectos que nos construyan y nos sustenten mutuamente. Nunca que nos destruyan. El pensamiento no debe ser único, debe ser infinitamente diverso. Lo que debe ser único es el programa de metas y objetivos que nos tracemos para andar juntos. Y que nos ayude a un mejor relacionamiento con nosotros mismos, como la mejor manera de definir para qué estamos aquí, qué somos capaces de hacer, qué es lo que no podemos hacer, donde la sabiduría sea patrimonio de todos, directamente proporcional a la humildad como dos condiciones de la nueva ética que debemos construir día a día.

Yo escribo para eso, para que los niños y las niñas sean mejores que nosotros. Y los invito al encuentro de todos, lector y escritor, en el fecundo mundo del libro en cualquiera de sus formas; encuentro que lo hace posible porque sin ese momento de contacto el libro no tiene sentido.

Quiero terminar contándoles que el jueves 13 de febrero, hace unos días apenas, estaba yo en una inmensa playa de Montevideo, la playa Malvín, contando cuentos y conversando con decenas y decenas de niños que habían venido, básicamente, de tres lugares muy distantes de Uruguay, los departamentos de San José, Soriano y Tacuarembó. Ellos ya me conocían por los libros. Allí conversamos de muchos temas. El viento en el lugar era muy intenso. Salvo una cámara de televisión que grabó todo el momento, no hubo otro registro. Podemos decir que el viento se llevó todo. Sin embargo hoy cuento esto aquí a miles de quilómetros de mi tierra, Uruguay, ese pequeño rinconcito latinoamericano, porque en mí quedó como una experiencia formidable y en ellos, los niños y las niñas entre 9 y 12 o 13 años, también quedó como un momento único, como este aquí y ahora, como los que dejan la lectura o la escritura de un libro que nos rasca el alma. Como dijo Martí, a quien cito con admiración a pocos días de cumplirse un nuevo aniversario de su nacimiento, hace 161 años: Saber leer es saber andar. Saber escribir es saber ascender. O como nos enseñó también él magistralmente: El único autógrafo digno de un hombre es el que deja escrito con sus obras.

Por todo lo dicho, entonces, esos autógrafos que uno firma aquí o allá, son la certificación de la obra hecha, pero los otros autógrafos, de los que habla Martí, son los que quedan grabados a fuego en el alma de las personas y esa es por un lado o por otro, una manera de eternidad que nos permite perdurar en la memoria de los otros. Ojalá estas palabras perduren en la memoria de ustedes al menos como la manifestación de este humilde escritor que viene desde tan lejos para entregarles mi mejor afecto. Gracias.